¿Se imaginan a un médico que no acude a su consulta a la hora en que debe pasar revisión porque arguye otros asuntos relevantes de los que ocuparse? ¿A un profesor que no va a su lugar de trabajo, usando como pretexto excusas baratas? Pues bien, señoras y señores, eso es lo que llevan haciendo mucho tiempo nuestros diputados, como se pudo comprobar en las sesiones parlamentarias de esta semana. No sé lo que pensaran ustedes, pero seguramente coincidan conmigo en que la cosa da un poco de rabia, y mucha vergüenza.
Es de país de charanga y pandereta. Digno de una república bananera -aunque en muchos de los países que comunmente relacionamos con tal calificativo la afluencia parlamentaria sea muy superior a la española-. Estos señores nos venden sus programas electorales durante años para que les otorguemos su confianza como representantes y cuando llega la hora... ¡No acuden! Son como niños de recreo. Marionetas de sus jefes. Si mi líder no va, hago novillos. Esta semana no acudieron ni Zapatero -disculpado por haberse trasladado a Pittsburgh a la cumbre del G-20- ni Rajoy -sin excusa ninguna-. Y por supuesto, los señores diputados, subordinados a ellos, y con la certeza de que sus respectivos adalides no se iban a presentar en el hemiciclo, optaron por la desbandada general.
El Partido Popular ya intentó tomar medidas el pasado año cuando se repetían situaciones similares. Soraya Sáenz de Santamaría incluso llegó a escarmentar sin puente de la Constitución a los delegados novilleros del grupo popular. Se ve que la disposición no sirvió de mucho. Para este año, mejor criticar que los del otro extremo de la sala no hayan acudido y obviar que los propios tampoco.
Se le da a la opinión pública la imagen de que los diputados sólo acuden a sus escaños cuando han de oprimir sus botoncitos para participar en alguna votación relevante, como extensión física de sus propios dirigentes. La mayor contrariedad es que, en muchos casos, puede resultar cierto. Pero lo peor es la hipocresía con la que se trata el asunto. Bien es cierto que el grado de corporativismo existente en las Cámaras no es el mayor de entre todas las profesiones, pero desde luego produce una ligera sonrisa escuchar a los delegados de uno u otro grupo excusarse mutuamente. Siempre aquéllos que tampoco han acudido, por supuesto. Así, tuvimos ocasión de escuchar a la diputada Rosa Díez en un conocido programa de las noches de Telemadrid disculpando a sus colegas diputados por no acudir a las sesiones ya que "hay que darse cuenta de que los diputados son personas con muchas obligaciones". Por supuesto que sí, nadie lo niega, como también sabemos que la más importante de todas ellas es la de acudir al Congreso. Por supuesto, la delegada de UPyD no se había presentado aquella mañana en las Cortes. Siempre quedará la duda de las declaraciones que hubiera realizado Díez en caso de haber ocupado su escaño aquel día. Quizá habrían sido algo diferentes, juzguen ustedes.
El caso es que no podemos permitir ni un día más esas lamentables sesiones parlamentarias sin delegados en sus escaños. Si usted no va a poder acudir todas las jornadas que sea necesario al hemiciclo, por favor, no presente su candidatura en la lista de ningún partido. Diputado que no acuda a su peana sin una razón bien justificada, diputado que lo pierde. Ese debería ser el baremo. Ya está bien de tomaduras de pelo porque el pueblo, aunque le pese a muchos, dejó hace tiempo de ser tonto.
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