6/9/09

Como una película de Hitchcock


Hace unos años estuve buscando piso. Era septiembre de 2005, y estaba en mi segundo año de carrera. El panorama era desolador. Precios abusivos, condiciones estratosféricas y viviendas insalubres. Encontrar un piso para estudiantes decentemente iluminado (sin exigir mucho, tan sólo no caerme a las 10 de la mañana cuando me levante en el camino de la cama al baño) es más difíci que sedentalizar a un tuareg. Es más improbable aún que te enseñen un inmueble que esté limpio, y no estoy hablando de que los canalillos de los azulejos estén impecables, sino de una limpieza moderada. Pues no, viendo algunos te tienes que poner incluso de puntillas ¡Joder! de la mierda que hay.

Y mejor no comentar las dimensiones de la vivienda. Te encuentras con anuncios de pisos con cinco habitaciones... de 50 metros en total! Piensas en pasarte por allí simplemente por curiosidad ¿Cómo diablos se meten cinco habitaciones en 50 metros? ¿Tienen los caseros poder para modificar el espacio? ¿Conocen algún tipo de técnica extraterrestre, inexistente en nuestro planeta?. No, seguramente hayan separado una habitación con un biombo, y hayan puesto una cama en el salón.

Buscar vivienda se acaba conviertiendo muchas veces en una película de Hitchcock. Pero, incluso, puede ser peor. Cuando crees que ya se ha acabado el filme, vienen las condiciones. Te llegan a pedir de todo. Para empezar, un tercer grado completo, digno de cualquier interrogatorio de Starsky y Hutch. ¿De dónde eres? ¿Qué estudias? ¿Dónde estudias? Hasta ahí bien. Pero luego comienzan los ¿Porqué dejaste tu anterior piso? ¿Tienes novia? ¿Cómo te van los estudios? ¿Cuál es tu inclinación sexual? sinceramente, ¿y a usted que cojones le importa? Pasado este trámite... continuamos nuestro camino hacia la desesperación absoluta. Avales bancarios de 2 años de todos los inquilinos, tres o cuatro meses de fianza, el número del anterior casero para preguntarle por nuestro comportamiento... Mire usted, soy estudiante, si lo que quiere usted saber es si voy a hacer fiestas, pues mire, alguna haré, no me pida que renuncie a mi naturaleza como universitario. Propietario que cree que en su inmueble ni se bebe, ni se fuma, ni se organizan divertidas reuniones de amigos de vez en cuando, propietario engañado. Palabra de estudiante ¡Ya está bien!

Esto fue hace ya cuatro años. Este septiembre tuve que comenzar de nuevo la dura senda estudiantil de la búsqueda de piso. Ingenuo de mí, creí que las cosas en casi un lustro habrían cambiado. Pues no. Nada más lejos de la realidad. De nuevo las mismas viviendas en las que a la una de la tarde la visibilidad es similar a la del Desierto del Gobi a media noche. De nuevo lugares donde sería necesaria una inspección de sanidad, de nuevo los mismos propietarios y sus interrogatorios policiales. Y, lo peor, aún más caros. Creía yo, en mi ingenuidad, que los precios con la crisis habrían bajado, o al menos se habrían mantenido. Pues no. 1600 euros al mes por un piso de 4 habitaciones y unos 70m (el 80% pasillo), en el que a las seis de la tarde en un día de principios de septiembre parece noche cerrada. Muebles pre republicanos. Baños de puticlub. Ni el agua ni la luz incluidos en el precio (en un inmueble en el que no entra ni un rayo de iluminación natural, ya pueden imaginarse a cuanto va a ascender la factura). Una cama, en el salón, por si quisiera entrar una quinta persona, en cuyo caso la factura se elevaría. En fin, que nada ha cambiado en cuatro años. Ofertas como esta es a lo que se tiene que enfrentar un estudiante a la hora de buscar un piso para alquilar. Y eso que no somos exigentes, oiga.


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